El padre de Gurb vuelve a la carga con una nueva novela de misterios sin resolver. Esta vez tenemos una Organización secreta y un poco olvidada, nacida en el franquismo y sin que nadie sepa muy bien cuál es su función o hasta dónde puede llegar.
Un antiguo presidiario entra a trabajar en una Organización de agentes secretos en mitad de Barcelona, allí conoce un variopinto grupo de personas que van desde un joven de origen japonés, hasta un viejo a punto de la jubilación, una señora con perrito que odia los perros o un jorobado. Todos ellos forman parte de este grupo extraño y oculto del que nadie puede saber nada y donde los móviles están prohibidos, las actas de las reuniones se destruyen en cuanto se terminan de escribir y todos responden a sus apodos de forma que nadie sabe el nombre de los demás.
La llegada del Nuevo coincide con el inicio de una investigación de tres casos aparentemente sin relación alguna entre sí, un suicidio en un hotel de mala muerte, la desaparición de un inglés dueño de un yate y el precio de unas conservas.
Como es normal y esperable, las situaciones que se producen son disparatadas, absurdas y muy divertidas. Sin dejar de lado las risas e hilando muy fino, los agentes tienen que enfrentarse a problemas de conciliación con mayores o menores a su cargo, burocracias inútiles que desesperan al más pintado o problemas de inmigración. Y sin darte cuenta y de locura en locura el final se resuelve apelando a la empatía y la ayuda entre las personas que al final es lo que nos salva siempre.
Leer un libro de Eduardo Mendoza siempre es recomendable para pasar un buen rato de lectura, aunque te obliga a tener una sonrisa perenne en la cara y enfrentarte a veces a situaciones incomodas cuando sueltas una inevitable carcajada que no puedes explicar, por lo que siempre recomiendo leer sus libros a solas para no tener que contenerte por pudor.

Próximo libro «Estrella Doble» (Robert A. Heinlein)